6 de diciembre de 2008
La ley del embudo
El otro día, a eso de las 7 pm, estaba en la calle con un compañero de trabajo, en una de las trancas interminables de esta ciudad, de esas que a veces se confunden con el autocine cuando la película es mala -y que intentan probar tu paciencia pero que a la final son, nuevamente, la vida enseñándote que la desesperación no te lleva más rápido a ningún lado-, escuchando la radio y viendo el indicador de la gasolina, que hacía rato ya se había encendido para indicar que en cualquier momento seríamos un obstáculo más en el congestionamiento vial nocturno, cuando a mi compañero se le ocurrió que debíamos salir de ahí.
- No vamos a llegar; me dijo, - Nos vamos a quedar sin gasolina si seguimos aquí; y continuó: - No es que esté preocupado, solamente un poco preocupado.
- Ajá; le respondí, mientras reflexionaba sobre las lecciones de la vida.
Decidimos desviarnos de nuestro camino y tomar una vía menos transitada hacia una estación de gasolina que, sabíamos, estaba cerca de donde nos encontrabamos pero, no sabíamos, desde hace tiempo estaba clausurada.
- Pregúntale a ese señor; me pidió mi compañero, - Ajá; le respondí, ahora recordando a los sabios de La India que, durante sus largas jornadas de meditación, son capaces de pasar días con sólo un grano de arroz en el estómago. Que lejos está La India, pensé.
Nadie sabía con certeza dónde podíamos encontrar otra estación cercana. Sin embargo, el señor de la cauchera (uno de esos lugares, nada parecidos a un gimnasio, donde te arreglan los cauchos), muy amablemente, se ofreció a regalarnos un poco del preciado líquido. La ley del embudo, se me ocurrió.
Puedo afirmar, con absoluta seguridad, que no existen muchas tiendas de embudos en mi ciudad, por lo menos no que yo haya visto, y basta que uno las esté buscando para no encontrar ninguna. En las páginas amarillas punto com no las encontré, como todo hombre precavido, las busqué primero en internet. Será que algún día podré entender bien el misterio que envuelve a la sencillez del embudo.
En ese sitio oscuro, en medio de la nada, la cauchera se convirtíó en nuestro oasis. Un lugar bastante sucio y nada bonito, lleno de motorizados y señores con las manos sucias y miradas perdidas, así como nosotros. El olor a grasa y a queso rancio, la salsa cabilla y el ruido de taladros, palancas y martillos, combinados con el humo que llegaba de los autobuses a leña o carbón que transitaban por la calle, invitaban a quedarse no más que el tiempo justamente necesario.
- ¿Tienen un embudo?; preguntó el señor.
- No tengo; le dijo mi compañero. - No tengo embudo; murumuró mi compañero inclinándose hacia mí, - Nos jodimos.
- Ajá; le respondí.
La ley del embudo siempre ha sido, para mí, una de las cuestiones trascendentales de la existencia. Nunca la he podido entender y nadie me la ha sabido explicar. Tampoco me he atrevido a preguntar, porque cada vez que alguien la invoca, es para reclamarme algo y, por lo general, está muy molesto conmigo. Así ha sido desde mi infancia. Me parece que tiene alguna relación con los platos sucios o el cuarto desordenado. Es como la llave de San Simón, que sólo el que la invoca tiene el poder del habla y los demás debemos callar, pero en este caso el que la invoca decide quién lava los platos u ordena su cuarto.
- No es problema; replicó el señor. - Este pedazo de cartón sirve, lo cortamos así, lo doblamos así, y listo, ¿ustedes a qué universidad fueron?; continuó.
- Ajá; le respondimos.
Según Wikipedia: "es una "ley" contraria a los principios de igualdad ante la ley y de equidad; el uso de esta locución, en algunos casos, puede llevar implícita una crítica contra los poderes fácticos y, entonces, formaría parte del idioléxico". Sigo sin entender.
Giorgio Saturno
16 de noviembre de 2008
La cara del fuego
18 de octubre de 2008
Sequía en la tormenta
Creo que las tormentas y las sequías nunca son absolutas. A veces logro encontrar un momento de calma y una gota de agua. La música me ayuda.
Detenerme y ver, observar y pensar. Vivir este momento está bien, buscarlo y encontrarlo. Dejar el futuro para después.
Es difícil hallar foco en la tormenta, es fácil querer que termine para saber qué va a pasar luego. Pero eso no es importante. Quién eres tú, qué has sido tú. ¿No ves que eso no va a cambiar? Cuando termine la tormenta seguiré siendo yo, y esta seguirá siendo la vida que quiero vivir.
No necesito toda la información ahora, no necesito entender todo hoy. Sólo debo saber que de esta tormenta y de esta sequía saldré con lo que necesito hoy para comprender el mañana.
Para qué intentar descifrar todo ya. Lo harás en el momento justo, cuando la tormenta termine y puedas recoger algunas de las piezas que te faltan. El resto, la incertidumbre, esa es la vida.
Giorgio Saturno
12 de octubre de 2008
En mí
16 de julio de 2008
Soltar
Últimamente he pensado mucho en mis apegos y en una decisión que tomé hace varios años acerca de vivir mi vida sin éstos. Hoy puedo decir que estoy lejos de mi objetivo, pero no importa, tengo tiempo y me gustan los recuerdos que guardo. Sigo trabajando en eso.
También he intentado vivir en el presente, es parte del mismo plan. Entendí que el pasado y el futuro no existen, sólo lo que está aquí en este instante. Aunque parece obvio, casi nunca lo es.
Tengo la certeza de que lo que viene será muy bueno. A ti que estás conmigo te digo lo mismo, ten la certeza de que lo que viene será muy bueno, ten claros tus objetivos y cree en ellos porque es seguro que los alcanzarás. Y te lo pediré nuevamente: cree que los alcanzarás. Y así será.
Tu tienes la fuerza para cambiar el mundo, para cambiar lo que quieras cambiar.
Procuraré que mis recuerdos sean suficiente compañía. Suficientes para que estés conmigo siempre, sin importar dónde esté yo. Y te estaré siempre agradecido por haberlos construido junto a mí, pero no te pediré repetirlos, si se presenta la oportunidad, construiremos nuevos.
Cuando te alejas me duele. Ese es mi apego, y es lo que cambiaré de mí.
Giorgio
15 de mayo de 2008
Outside what box?
Esto me llevó a reflexionar sobre teorías alternativas relacionadas con la existencia de la caja. No me queda otra opción que exponerlas con la esperanza de hallar la iluminación en el consciente colectivo:
1ra. La caja dentro de la cual estoy pensando es tan grande que necesitaría, por lo menos, un telescopio para ver sus paredes internas y, si éste es el caso, para qué pensar fuera de una caja tan grande, tampoco es que yo puedo pensar tanto como para llenarla de ideas;
2da. Ya estoy pensando fuera de la caja y por eso no la veo por dentro. Aunque eso no explicaría por qué no la veo por fuera, a menos que haya sido una caja tan pequeña que se me perdió o la pisé la primera vez que pensé fuera de ella. Lo cual me lleva de vuelta a la primera teoría, ¿será que la caja pequeña estaba dentro de otra inmensamente grande?;
3ra. La alternativa obvia: No estoy pensando ni fuera ni dentro de la caja, es decir, no estoy pensando. Aunque poco probable, esta consideración trae un elemento importante a la mesa (después hablaremos sobre la mesa, sobre dónde está y sobre el por qué de una mesa y no, por ejemplo, un pizarrón o un escritorio): no la puedo ver porque no pienso, por consiguiente, no existe;
4ta. La caja es invisible y, por lo tanto, no puede ser vista. Esto sería equivalente a la tercera opción que plantea un dilema existencial sobre el pensamiento y mi capacidad para ver lo que rehuye de ser visto o mi incapacidad para ver lo que hasta el más tonto puede advetir.
Es importante señalar que estos planteamientos sólo examinan un aspecto de la caja, pero una vez resuelto éste, será necesario explorar otros igualmente críticos. Por ejemplo, ¿cuántas cajas hay?, ¿existe una caja para cada área del pensamiento?, si compro un televisor ¿puedo decir que estoy pensando fuera de su caja?, ¿qué pasa si le abro un hueco a la caja?, entre otras.
Giorgio Saturno
2 de mayo de 2008
Antes y después
Tendrán que transcurrir algunos años antes de entender y aceptar que lo que he vivido y lo que viviré me han convertido en lo que soy. Desde aquello que algún día quise cambiar de mi pasado, hasta todo lo que alguna vez pensé en repetir.
Cuando regresé de París, a los cuatro años, mi mundo ya no era el mismo. Los recuerdos que tengo, anteriores a ese año en Europa, son escasos y, algunos, difusos. Como si los hubiese soñado.
Mi abuela me sacó de la cuna para mostrarme que el motivo de mi llanto era sólo la sirena de los bomberos que iban a apagar algún fuego cercano. Una cuna blanca, creo que de madera... Mi papá y mi mamá discutiendo por no sé qué en la cocina... El avión, el primer vuelo que puedo recordar: París con mi mamá. Para dónde o por qué, no sé.
Ojalá tuviera en mi memoria el recuerdo de quién era yo antes de ese viaje. Cómo, si no, puedo saber si fue eso lo que me cambió, si es que algo cambió. Por qué preferí no hablar, por qué preferí encerrarme. De ese año tengo muchos recuerdos. Estar en silencio es sólo uno de ellos.
Eso quisiera modificar, el viaje me gustaría repetir.
Giorgio Saturno
26 de abril de 2008
Hablando conmigo

Entonces me dijo: -Así es la vida y es así como se supone que sea; y continuó -En un incendio en la montaña la ardilla huye del fuego, no porque piense que algo malo le puede suceder si no lo hace, los animales no razonan, ella corre para sobrevivir, sin pensarlo. Y así somos todos, queremos vivir.
Luego de un instante de silencio me preguntó: -¿Alguna vez te has preguntado por qué una persona que vive en las peores condiciones posibles quiere seguir viviendo? ¿Por qué un pordiosero prefiere vivir antes que dejarse morir a un costado del camino? Porque estar vivo es mejor que no estarlo, porque después de un momento "malo" llega uno bueno, porque a pesar de dónde estés hoy, y de cómo te sientas -y cree esto por favor- lo que viene después será siempre mejor. Es así, no vale la pena cuestionarlo.
Y yo le respondí: -Pero hay personas que prefieren morir antes que continuar con sus vidas.
-Es cierto; me contestó. -¿Eres tú una de esas personas?
-No, claro que no; le dije.
-Porque tú, y yo, y todos nosotros, tenemos sólo un lugar a donde ir: hacia adelante. Puede parecer que un día vayamos más rápido que otros, pero siempre vamos hacia adelante, hacia algo mejor. Es importante que tengas fé en esto; afirmó.
-Hay días en los que siento que mi vida se detiene, que hay cosas que suceden a mi alrededor que me impiden ir a donde quiero llegar; dije, buscando sus palabras.
-Lo que sucede hoy en tu vida es lo que necesitas que suceda para continuar. Cuando las cosas aparentemente no cambian, significa que estás aprendiendo algo que requieres para seguir tu camino, significa que quien está cambiando, así no lo notes, eres tú. Y cuando lo que cambia es lo que te rodea, significa que la vida te está dando la oportunidad, te está abriendo una puerta para que avances, porque algo mejor te está esperando. Y si no atraviesas esa puerta, si no tomas esa oportunidad, no importa, seguirás avanzando, porque ahí donde estás parado, tú estás cambiando.
Y prosiguió: -Así como la ardilla, que va hacia adelante porque sabe que adelante está la vida, así eres tú. No necesitas pensarlo, porque es así. Sólo necesitas aceptarlo. Confía en lo que te he dicho, no es algo que inventé o algo que me dijeron, es así como funciona la vida. Y si tienes alguna objeción a algo de lo que hablamos hoy, ven y dime, y le encontraremos una respuesta.
Giorgio Saturno
9 de enero de 2008
¡Vive!
Esto que te digo me lo digo a mí y lo comparto contigo porque eres importante para mí. Hoy, así como cualquier otro día. Porque tú eres quien inspira mi vida, mis ideas y mis pensamientos. Tú, la música y la vida.
Ayer estuve pensando en lo perfecto y en la perfección. Lo he hecho otras veces y siempre llego a la misma conclusión, no he podido llegar a una distinta: No hay nadie más perfecto(a) que tú siendo tú mismo(a), no hay un tú más perfecto(a) que tú.
No hay una nube más perfecta que esa nube siendo esa nube, porque no existe otra nube que, intentando imitar a aquella que estoy viendo, pueda hacer una réplica exacta, ni siquiera semejante a ella. No hay una hoja más perfecta que esta hoja siendo ella misma. Así eres tú. Piénsalo.
Lee un libro al mes, sal y mira el cielo, detente y observa los colores del mundo, cierra los ojos y vé quién vive dentro de ti, escucha y no olvides que siempre hay algo más que aprender, disfruta lo que tienes hoy, porque es hoy cuando lo tienes. Tu vida irá a donde quieras que vaya y serás quien quieras ser. Es tu decisión.
Giorgio
A mi familia y a mis amigos.