
Hoy me quedé dormido varias veces antes de salir de mi casa al trabajo. La primera vez parado a un lado de la cama, la segunda en el camino de la cama al baño y la última bajo la ducha. Las implicaciones de esto son diversas y, por mis extensos estudios sobre el tema, creo poder afirmar, sin temor a equivocarme demasiado, que no han sido debidamente abordadas.
En esta oportunidad sólo me referiré a una que considero tiene el mayor impacto negativo sobre la calidad de vida de individuos que, como yo, suelen dejarse dominar por el sueño en lugares socialmente poco apropiados para ello, y haré algunas propuestas dirigidas a reducir tal impacto.
Levantarse temprano en la mañana para llevar a cabo el ritual habitual de actividades que te ayudan a transformarte en una persona presentable puede ser, con mucha frecuencia, un proceso lento y rutinario. Lento porque, como con todas la cosas que uno no quiere hacer, la motivación es insuficiente para permitirte hacerlo rápido, y rutinario porque las tareas que lo componen son repetitivas y se pueden hacer sin pensar, con el cerebro en automático. En mi caso esto se hace evidente cuando, en ocasiones, no logro recordar cómo llegué a la puerta de mi casa listo para salir.
Por lo general, la alarma de mi despertador está prefijada para sonar alrededor de 45 minutos antes de mi supuesta hora de salida a la vida cotidiana externa. Este tiempo, en teoría, es suficiente para ducharme, vestirme y desayunar. Sin embargo, el quedarme dormido en varias de las fases de preparación diaria ha resultado en considerables retrasos en la salida de mi casa y, como consecuencia, en la llegada a la oficina.
Sería estúpido de mi parte pensar que fijar la alarma unos minutos antes podría solucionar el problema. Esto sólo disminuiría mi tiempo de sueño en la cama e incrementaría las siestas momentáneas durante alguna de mis actividades posteriores. La solución es obvia, pero está fuera de mi control. Me parece que el lector puede ayudarme en este punto.
Con el aumento acelerado del tráfico en la ciudad, he notado que la puntualidad en la hora de salida se ha tornado más importante, y dormir después de levantarse de la cama atenta contra la misma. Salir con cinco minutos de retraso puede significar entrar 30 minutos tarde a la oficina. Entonces, ¿no sería una solución lógica, y más sencilla que cambiar la hora de todas las alarmas del mundo, eliminar el alto tráfico en la ciudad?. Yo creo que sí, y he aquí cómo hacerlo.
Ayer, por ejemplo, fue lunes bancario, es decir, los bancos no abrieron al público y el tráfico fue mucho menor que en un día normal. Seguramente el lector ya está pensando lo mismo que el escritor, no obstante, a este último se le ocurrió primero: -Que todos los días sean lunes bancarios resolvería el problema, por supuesto!... Pero esto traería otro problema que seguro el lector no ha considerado y que también se le ocurrió primero al escritor: -Si todos los días son lunes bancarios, el fin de semana no llegaría nunca.
La verdadera solución, cuyo razonamiento dejaré a manos del lector, es, ahora sí, la merecedora del premio Nobel. No debe pensar el lector que le sería difícil alcanzar el nivel de genialidad al que ha llegado el escritor con este desenlace. Me ha tomado tiempo y paciencia, y ese es el secreto de dicha genialidad.
Eliminar todos los bancos no sólo contribuiría a reducir drásticamente el tráfico, porque la gente que no sale de su casa los lunes bancarios, no tendría motivos para salir otros días, sino también reduciría las largas filas de personas que esperan ser los primeros en entrar cuando abren las puertas de las oficinas bancarias. Esto tiene importantes consecuencias sobre la calidad de vida de la población, sobre la productividad en las empresas y, por lo tanto, sobre el crecimiento económico de los países.
Otra solución que he considerado es eliminar los colegios, puesto que cuando los colegios están cerrados, no hay tráfico. Pero esta idea requiere un poco más de tiempo reflexivo antes de permitirme hacer un planteamiento definitivo. Pronto escribiré más sobre el tema.
Giorgio Saturno