Salíamos todos con caras de sueño, con los morrales en la espalda, nos montábamos en la camioneta roja más vieja que he visto en mi vida y partíamos, por las calles y avenidas de la ciudad, hacia el colegio. Mi hermana siempre se sentaba en el asiento delantero a un lado de José, no me acuerdo si alguien más se sentaba adelante. Los demás nos sentabamos apretados en el asiento de atrás. Era una camioneta de carga, de esas que, me imagino, se usaban en los tiempos de mis abuelos para llevar mercancías a las tiendas y abastos. Atrás era completamente cerrada, sin vistas al exterior, y adelante tenía las ventanas del piloto y el copiloto. José la había convertido en una discoteca sobre ruedas, así que el espacio de carga y parte del asiento trasero estaban ocupados por un gran sistema de sonido que te podía levantar del suelo con cada ¡BUM! de la música. Nosotros nos acomodábamos como podíamos.
Siempre fueron viajes muy interesantes. Entre los chistes y locuras de José y la habladera interminable de mi hermanito, íbamos acumulando las energías que necesitabamos para el resto del día. Cuando llegábamos al colegio ya no quedaban rastros de sueño. Nos bajábamos mi hermano, mi hermanito y yo, creo que mi prima también, y José seguía con mi hermana para dejarla en su lugar de trabajo. Por lo que recuerdo, mi hermana y José no se habían casado todavía, pero pronto lo harían.
Una de esas mañanas, un día de finales de noviembre, José trajo una caja de fosforitos (petardos). Los prendía y se los lanzaba a los transeúntes, calculando el tiempo que tardaban en explotar para que el paso de las personas y las explosiones coincidieran con los ¡BUM! de la canción que estuviera sonando. Los brincos y gritos de la gente eran suficientes para hacernos reir de ahí hasta que encontrabamos a la siguiente víctima.
Uno de los inocentes fue un vigilante que encontramos sentado a la puerta de un edificio. Al escuchar la explosión saltó de la silla y comenzó a dar vueltas mientras giraba su cinturón buscando la pistola. Cuando entendió que sólo había sido una broma y nos vio riéndonos, no le quedó más que hacer lo mismo.
Siempre ha sido y será uno de los buenos recuerdos que me dejó José.
Giorgio