19 de agosto de 2007

El descanso

lejos
-Mira!, allá va Santa!, dijo, estirando su brazo y apuntando con su dedo índice hacia el cielo oscuro y nublado, en una fría noche de invierno, de la primera navidad que puedo recordar.

A tan corta edad, los eventos que pude retener en mi mente, como recuerdos eternos, fueron aquellos que causaron en mí una gran impresión. París en diciembre era una ciudad nueva y desconocida; el frío que salía como nubes blancas de mi boca, la nieve que decoraba los techos en las entradas de los edificios y tiendas, los árboles llenos de luces amarillas titilantes, las personas con bufandas de colores paseando por la acera y las inmensas vitrinas llenas de juguetes: una gran jirafa de lego, y un elefante y un tren que iba y venía y Santa que pasaba volando por encima de mi cabeza.

Desde abajo todo parecía muy grande. Miré hacia arriba lo más rápido que pude con la esperanza de verlo entre las copas de los árboles y entre las nubes, vestido de rojo y blanco, con una gran bolsa de regalos, varios de los cuales eran para mí, otros para mi hermano y otros para mi hermana.

-Allá!, en su trineo!. ¿No lo viste?, continuó. -Sí, dije asintiendo. Aunque no había sido así.

Durante largo rato mantuve la mirada fija en el infinito, buscándolo y deseando que volviera a aparecer. Pensé que si San Nicolás estaba repartiendo regalos en las casas cercanas, posiblemente volaría nuevamente por encima de nuestras cabezas y la próxima vez no me lo iba a perder.

Finalmente, no regresó, o por lo menos no mientras yo estaba despierto. Pasamos la noche en una casa en las afueras de la ciudad. Una de esas casas que yo no sabía que existían de verdad, casi toda de madera, con unas escaleras de madera que tenían un descanso a la mitad, con agujeros en la parte baja de las paredes para que los ratones pudieran entrar y salir.

Cenamos y nos acostamos a dormir, mi hermana, mi hermano y yo, en la misma habitación.

Cuando desperté, la mañana siguiente, mi hermana ya había abierto varios de sus regalos. Uno de ellos creo que era un gallo muy lindo, todos los demás tenían una tarjeta con su nombre. Santa nos había olvidado a mi hermano y a mí, tal vez porque no lo habíamos saludado cuando voló sobre nuestras cabezas la noche anterior. Era la primera navidad que recuerdo y no había ni un regalo para mí.

Seguí observando como mi hermana abría emocionada sus regalos, hasta que mi mamá entró en la habitación y exclamó: -Vayan a abrir los regalos que les trajo San Nicolás! Están en las escaleras!.

Tan rápido como pudimos corrimos hasta las escaleras, bajamos de dos saltos y encontramos los regalos. Santa no nos había olvidado, estaban ahí los regalos, esperándonos en el descanso.

Giorgio

6 comentarios:

Dashiell López dijo...

Mis primeras 3 navidades fueron en Cuba y allá no había Santa. El resto, las he pasado en Venezuela, y estoy casi seguro que lo vi una vez. Lo que me ayuda a conluir que "no es ver para creer, sino creer para ver".

giorgiosaturnos dijo...

Que buena conclusión! Parece un buen tema para uno de tus escritos.

Anónimo dijo...

El recuerdo de la Noche Buena es uno de los mejores recuerdos que nos dejó mi abuela, todos los niños de la familia permanecíamos en la planta baja de la casa cenando nuestro tradicional lechón con congri, justo a la media noche sonaba la campana que tocaba Santa Claus y todos los niños salíamos corriendo por las escaleras hacia la parte alta, atropellándonos y empujándonos entre nosotros para ver quien llegaba primero.
Una vez arriba, mientras esperábamos que mi abuela abriera la puerta, todos sacábamos la cabeza por la reja, tratando de ver algún juguete y gritábamos: la muñeca que quería, mira mi pista y así sucesivamente.
Era un momento de magia, ilusión y emoción que esperábamos cada año, al pasar de los años ya conocimos que Santa era mi abuela; pero igual pedíamos que nos pusieran los regalos y corríamos a buscarlos. Nos resistíamos a perder la emoción y la ilusión!!
Esto me hace pensar si ya como adultos logramos mantener alguna ilusión o simplemente emocionarnos con muestras de cariño y detalles como estos...como por ejemplo la emoción que nos da cuando nos atrevemos a dar ese abrazo o simplemente reírnos con esos comentarios tan tontos del día a día!!

Anónimo dijo...

Bueno, mira la sensaci´´on de un niño al no tener un regalo en Navidad, es horrible, es como que se te pierda tu mamá. Pero siempre digo que "el Niño Jesus", que es en quien me enseñaron acreer mis papás, si existe, aunque no sea quien deja los regalos bajo el árbol (o escalera). Quizas algún dia logres ver a Santa, mil besos!

Erwin García dijo...

Dios, qué buen relato, lograste que retrocediera tanto tiempo atrás, cuando era inmensamente feliz y no lo sabía, todavía lo soy, pero no tanto. Me hubiese gustado ser niño siempre y esperar debajo de mi cama mis regalos, junto con los besos y abrazos de mis padres. WOW. tremendo. Un abrazo.Gracias.

NeoGabox dijo...

Jajaja leer esto me recuerda cuando todavía creia en Santa con esa ferviente ilusión.. Dios... Aquella época... Jajaja Recuerdo que hubo un año en que mis padres lo hicieron todo tan bien que me lo crei, y luego al año siguiente encontre los regalos escondidos en el closet... Jajaja pero bueno... Igual me hice el que no sabia...

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